El pasado 7 de diciembre nuestro párroco celebró sus bodas de oro junto a la comunidad de la Catedral de San Isidro. El Padre Pedro festejó sus cincuenta años de sacerdocio con una misa acompañado por nuestro Obispo Oscar Ojea, su auxiliar Martín Fassi y el obispo coadjutor Jorge Casaretto, además de otros sacerdotes que lo han acompañado a lo largo de su ministerio. Asistieron también nuestro intendente Gustavo Posse y representantes del municipio.

Luego de la misa, el festejo pasó a la casa parroquial Anchorena donde lo acompañaron su familia y miembros de la comunidad parroquial. Se invitó a un mariachi y a un tanguero que hicieron de esta celebración una fiesta.  A nuestro párroco se lo vio muy contento y agradecido como se puede reflejar en las imágenes.

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Agradecemos muy especialmente a quienes ayudaron en la organización del evento o dieron una mano desde su lugar y a todos los que acompañaron al Padre Pedro en este día tan especial.

Les dejamos una entrevista publicada en nuestra revista Bienaventurados del mes de diciembre:

¿QUIÉN ES NUESTRO PÁRROCO?

Pedro, tus bodas de oro sacerdotales son una oportunidad para conocerte más. ¿Podés hablarnos de tu familia?

Nací en Buenos Aires, pero vivíamos en Martínez. Vengo de una familia muy grande: somos 12 hermanos, de los cuales soy el único que no se casó. Tengo 47 sobrinos, muchos casados, y 68 sobrinos nietos. La familia completa es de más de 150 personas y está dispersa en el mundo. Mis últimos sobrinos nietos nacieron en Londres y Madrid, el siguiente lo hará probablemente en Vancouver (Canadá).  Mis hermanos mayores nacieron en Bélgica, yo soy el sexto y el primer argentino.  La fe se vivía en casa, rezábamos e íbamos a misa. Fuimos a colegios católicos, recibimos los sacramentos y todos se casaron por Iglesia.

¿Cómo fue tu camino para ser cura?

Mi casa fue el primer lugar donde surgió la vocación. Gracias a las iglesias y colegios a los que fui, la figura del sacerdote empezó a ser algo normal en mi vida. Cuando sentí el llamado, no fue insólito. Entré al seminario a los 17 años, pero dos años antes, en un retiro del colegio, había decidido mi vocación. En esa época lo normal era entrar al seminario menor, que era para chicos que ingresaban a los 11 o 12 años. El de San Isidro era distinto, solo podían entrar los que habían terminado el secundario o tenían más de 18 años. Todos mis compañeros eran mayores que yo. Solo uno tenía mi edad, pero dejó en seguida. Era un seminario donde prevalecía la autoformación, era revolucionario y totalmente distinto a los demás.  Cuando uno entra, tiene una idea bastante clara de que Dios lo llama, pero en el camino surgen interrogantes, es un gran momento de reflexión e introspección. En mi quinto año de estudios, abandonó un cura muy amigo y entré en una gran crisis, que pude resolver y seguir adelante. Durante todo ese tiempo de formación se desarrolló el Concilio Vaticano II, que fue una época de cambios muy fuertes en la Iglesia. Yo fui ordenado al año siguiente de terminado el Concilio.

¿Cómo viviste tu sacerdocio en estos 50 años?

La vida del sacerdote diocesano está íntimamente ligada a su ministerio, a las personas y comunidades que acompaña, a las tareas que realiza. Cuando fui ordenado había muy pocos sacerdotes y debíamos asumir múltiples tareas simultáneas en las parroquias, instituciones y colegios que dependían de la diócesis. En mis primeros 25 o 30 años de sacerdocio trabajaba de 12 a 14 horas diarias. Era agotador, pero fui muy feliz al desgastarme en el servicio por la gente y la Iglesia. En los últimos 20 años pude dejar en manos de otros muchas de las tareas que antes debía asumir personalmente. Me concentré en la atención de la Catedral. Cambió la tarea, fue menos dispersa y más concentrada. También fui feliz al hacerla. En todo tiempo conté con la ayuda y compañía de excelentes sacerdotes, religiosas y laicos. Sin ellos, ciertamente no hubiera podido cumplir con lo que la Iglesia me encomendaba.  La catequesis ocupó siempre un lugar importante en mi vida. Con un equipo excepcional, introdujimos la catequesis familiar en el país, escribimos libros, dictamos cursos, etc. Es muy gratificante comprobar que a lo largo y a lo ancho del país muchas miles de familias descubrieron o redescubrieron la fe gracias a esta catequesis. Actualmente trabajo menos horas, porque ya no tengo las energías de mi juventud y priorizo la predicación y la atención de personas que vienen a confesarse o a charlar conmigo.

¿Qué sentís sobre tus años como párroco en la Catedral?

Fueron 23 años muy intensos por la dimensión pastoral que tiene la parroquia, con tres capillas, 3.000 personas que asisten semanalmente a misa, varios grupos de reflexión y servicio. Es muy importante la pastoral de jóvenes, que reúne a más de mil chicos en diversos grupos. En su territorio hay nueve colegios a los que acompañamos pastoralmente. Además, el estado del templo exigió encarar la restauración, porque estaba a punto de colapsar. Los trabajos demandaron diez años de esfuerzos para conseguir los fondos y realizarlos.

¿Cómo era ser cura hace 50 años y cómo es hoy?

El mundo y la Iglesia cambiaron. El ministerio sacerdotal cambió. El sacerdote está más en contacto con el mundo y comparte más la tarea con el laico. Hay más ámbitos de actividad pastoral. La dimensión social y de los pobres adquirieron mucha más importancia. Las exigencias para la recepción de los sacramentos ahora son más abiertas. Los cambios son grandes y muy positivos. Seguro vendrán aún más.

¿Cómo vivís este aniversario?

Como una gran acción de gracias a Dios, a mi familia, a los obispos con los que estuve, a los sacerdotes que me acompañaron, a las religiosas y los laicos de las distintas comunidades. De cada uno he recibido mucho y tengo mucho para agradecer. También quiero pedir perdón por mis errores, limitaciones y lo que no supe hacer.

Una anécdota…

Mi mejor amigo sacerdote es el que fue mi primer vicario. Pero al principio nos costó adaptarnos. A poco de ser nombrado, el obispo le preguntó cómo se sentía en la parroquia. Su respuesta fue que todo bárbaro, salvo Pedro con quien no se entendía para nada. Dicho eso, le pidió que ni bien pudiera lo trasladara, porque nunca íbamos a entendernos. Pero con el tiempo, las cosas cambiaron.