Reflexión de Inés Lagos publicada en la revista Bienaventurados del mes de diciembre de 2017. 


La paradoja de Dionisio

Tinto, blanco o rosado, si está fermentado en roble, mejor. Algunos lo prefieren con gran cantidad de taninos: seco y áspero. Otros lo beben tibio y con azúcar (lo llaman ‘sangría’). Vino hay para todos los gustos.
Siempre me llamó la atención la fascinación que produce esta bebida y finalmente la comprendí cuando participé de una cata de vinos en Mendoza. Lentamente recorría con una amiga las mesas en donde cada bodega ofrecía sus varietales. Una y otra vez, el ritual: mover la copa en círculos, oler el vino, luego beber un pequeño sorbo y tomar aire para que el sabor se sienta con todos sus matices.
Muchos artistas e intelectuales han reverenciado el preciado licor con poesías y cantos. Quizá se deba a que la poesía y el canto ya están embotellados con el vino y sólo basta con descorchar para que comiencen a fluir. Para Borges era un Éufrates que atravesaba la historia del hombre. Tucídides lo vinculaba al despertar de la civilización y James Joyce se preguntó si habría mejor manera de terminar un día que con amigos y una copa de vino en la mano.
Invitado infaltable en toda clase de banquetes y fiestas, el vino representa y fomenta la alegría.
Por si todo esto fuera poco, Jesús le dio una nueva dignidad: en una fiesta realizó con él su primer milagro. De hecho, hizo 600 litros de vino, una cantidad más que abundante: así de generoso es él con sus regalos. Pero más importante, eligió el vino para convertirlo en su propia Sangre. De esta manera, la bebida que representa la alegría, se convirtió en causa del gozo más grande: la comunión con Cristo.
En efecto, Dios nos regala sus dones en abundancia y espera que los administremos con responsabilidad. Lamentablemente, el exceso en su consumo puede hacernos daño. Cuando es el único medio de paliar la pena y huimos de la realidad a tragos, cuando beberlo se vuelve una necesidad, el vino (o, mejor dicho, nuestra relación con él) se convierte en un problema. En tales circunstancias es aconsejable pedir ayuda. Y no debemos avergonzarnos: todos libramos batallas interiores y, tarde o temprano, necesitamos una mano que nos sostenga, un hombro sobre el que podamos llorar y un corazón dispuesto a cobijarnos.
Acercándonos al final del año, empezamos con una avalancha de festejos y despedidas, en las cuales seguramente descorchemos varias botellas. Entonces llenemos –con moderación– las copas e insertémonos en el río púrpura que fluye desde el origen del tiempo humano, cantando a viva voz: ¡salud!

¡Muy feliz y bendecida Navidad!
¡Feliz 2018!


Si creés que tenés alguna dificultad con el alcohol, pedí ayuda. Hay muchas personas dispuestas a escucharte. (011) 4325-1813 | http://www.aa.org.ar