Reflexión de Felipe Dondo, publicada en la revista Bienaventurados del mes de septiembre de 2018. 

4 de septiembre: Día Nacional del Inmigrante


Suele decirse que en nuestro país siempre hay lugar para un plato más en la mesa. La familia ya se sentó a comer, pero suena el timbre: llegó uno más de sorpresa. Nadie lo esperaba, pero lo reciben sin vueltas y con alegría. Se aprietan un poco más las sillas, buscan otra en la cocina, la madre hace magia con las cantidades y de la fuente sirve lo justo para un plato más, siempre tratando de hacer una porción más abundante para el invitado. Vi esta escena miles de veces, en mi casa y en otras. A veces como anfitrión, a veces como el invitado que no avisó y llegó de repente.

La hospitalidad es ley en Argentina desde 1812. El Primer Triunvirato ofreció “inmediata protección a los individuos de todas las naciones y a sus familias que deseen fijar su domicilio en el territorio”. Todos sabemos, porque lo llevamos en la sangre, que desde entonces Argentina fue tierra de acogida para una inmensa cantidad de inmigrantes. Así nació esta nación hecha de muchos colores, idiomas, costumbres y religiones.

El 4 de septiembre de 1949, el presidente Perón firmó un decreto para homenajear “al inmigrante de todas las épocas, que sumó sus esperanzas a la de los argentinos, que regó la tierra con su sudor honrado, que ennobleció las artes, mejoró las industrias…”. Desde entonces usamos esa fecha para celebrar la venida de nuestros abuelos y hermanos de otras nacionalidades.

En las últimas décadas, los invitados vinieron de más cerca: paraguayos, bolivianos, peruanos. Hoy se suman los venezolanos en cantidades enormes. Hubo debates sobre qué hacer con algunos servicios básicos como la salud y la educación. Pero el papa Francisco lo deja bien claro en su exhortación Gaudete et Exsultate, de marzo de este año: a un cristiano “solo le cabe la actitud de ponerse en los zapatos de ese hermano que arriesga su vida para dar un futuro a sus hijos. ¿Podemos reconocer que es precisamente eso lo que nos reclama Jesucristo cuando nos dice que a Él mismo lo recibimos en cada forastero?” (102).

Pero hay muchas formas de inmigración en esta vida. El que viene de las provincias a estudiar a la Capital y se pierde entre subtes y colectivos; el que se mudó a un barrio nuevo donde no conoce a nadie; el nuevo compañero de trabajo a quien hay que explicarle todo; el “nuevo” del curso que tiene miedo de que sus compañeros de clase no lo acepten; el nuevo integrante de la familia que tiene que ganarse a los suegros y demostrarles que es buena gente; el que acaba de volver a la vida de fe y quiere participar en la comunidad parroquial pero no sabe cómo; el amigo nuevo en el grupo “de toda la vida”, ese que no compartió nuestra infancia pero lo conocemos de grandes… Y el nuevo más nuevo de todos: el bebé que ya existe y quiere nacer.

Todos fuimos “el nuevo” alguna vez. Seamos siempre tierra de acogida con todos.