Reflexión de P. Gonzalo Rebollo, vicario parroquial, publicada en la revista Bienaventurados del mes de septiembre de 2018. 


El pasado 5 de agosto celebramos las fiestas patronales de la capilla Nuestra Señora de la Ribera. Este año nos preparamos de un modo distinto. Decidimos invitar a alguna persona que hubiera sido parte importante de la historia de la comunidad para que nos compartiera su experiencia y testimonio. Así fue que los fines de semana previos Andreina nos vino a visitar. Primero un sábado, en la misa de niños, y después en la misa del domingo.

Me animo a decir que su testimonio nos habla de una comunidad que vivió fuertemente el milagro de la multiplicación del pan, que nos relata el capítulo 6 de Juan. La pregunta de Jesús a los discípulos (“¿Dónde compraremos pan para darles de comer?”) resonó en el corazón de muchos y muchas que se sintieron llamados a un compromiso concreto con las diversas necesidades que se han ido presentando a lo largo de tantos años. Es difícil enumerar la cantidad de iniciativas y servicios que se ha ofrecido a los vecinos. Esto nos habla, por un lado, de una identidad misionera de la comunidad ya desde sus tempranos comienzos. Por otro lado, de la fidelidad de Jesús, que alimentó la vida de las personas del barrio. Por eso lo primero en las fiestas patronales fue agradecer.

En el Evangelio que compartimos ese día, muchos, frente al milagro de Jesús, pedían un signo: “Nuestros padres comieron el maná en el desierto, ¿qué signo realizas tú?”. La memoria de las maravillas que Dios había realizado en su historia les impedía abrirse a lo nuevo que Jesús les regalaba. Aquí nosotros descubrimos la invitación a estar atentos para no caer en la fácil nostalgia de que todo tiempo pasado fue mejor. Con esta fecunda historia de la comunidad, muchas veces es fácil quedarse añorando épocas en que la capilla estaba más llena, cuando se realizaban miles de cosas, y perdernos el regalo de lo que hoy Jesús quiere seguir regalándonos. El pasado es un don, pero la salvación siempre acontece en el hoy, en el ahora. El ahora del barrio y de la comunidad desde donde Dios nos llama e interpela.

Y en nuestro presente hay signos muy llamativos. La experiencia misionera del 8 de diciembre del año pasado y del Viernes Santo de este año, en las que encontramos buena acogida por parte de muchos vecinos. Los procesos de cambio y renovación del jardín maternal, desde donde buscamos acompañar cada día mejor las necesidades de quienes se acercan. La gran presencia de familias paraguayas en la catequesis, que nos enriquecen con una religiosidad fuerte y comprometida. Los jóvenes que se han confirmado y han perseverado en Post Confirmación, así como unos cuantos adultos que están comenzando ahora ese camino.

En estas huellas, hoy Dios nos llama a seguir comprometiéndonos, recordando que el único pan que de verdad alimenta no es el que se come, sino el que se da. Menos pendientes de que la gente venga, y más dispuestos a salir, a entregar nuestros dones y tiempo. Así celebramos nuestras fiestas patronales en las que, además de la misa, pudimos compartir un almuerzo y una tarde al ritmo de un bingo organizado por personas de la comunidad.


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