Reflexión de Paula Martínez publicada en la revista Bienaventurados del mes de octubre de 2018. 

2 de octubre: Santos Ángeles Custodios


Desde pequeña, me enseñaron que existís, que fuiste un regalo especial de Dios para acompañarme a lo largo de mi vida.

A veces te olvido y creo que puedo sola.

Y, tal vez, muy sutilmente, me tomás de la mano y me ayudás a volver al camino del cielo.

Te imagino con alas grandes, que me envuelven sin darme cuenta; cuando mis días son grises, enjuagás mis lágrimas y me alentás. Te imagino sonriendo cuando me acerco a personas valiosas, y entonces brillamos como piedras preciosas.

Cuando pido perdón, acto tan humano y necesario, estás cerca… porque a veces es tan difícil, y a la vez tan necesario, volver a acariciar con el alma la herida que provocamos.
Te imagino feliz y sonriendo cuando camino por los senderos de Dios.

Me inspirás a decir lo que el otro necesita escuchar. Me inspirás a hacer lo que el otro necesita recibir. Y entonces ese momento se hace especial.

Tal vez, cuando termina el día y tuvimos buenos frutos en nuestro obrar, se los llevás a Dios como ofrenda de lo vivido. Y los imagino como frutos dorados en tus pequeñas manos.

¡Ah, cuánto te imagino! Porque nunca te vi pero sí te siento, y eso es así. Porque sos ese regalo de Dios que me ayuda a ser mejor. Me ayudás a conocer su Reino, a honrarlo porque vos sos parte de Él.

Ángel que custodiás mis pasos, hoy te escribo para agradecer a Dios por tu existir en mi vida.

Gracias por estar acá,
Paula.