Carta de nuestro párroco, P. Carlos Avellaneda, publicada en la revista Bienaventurados del mes de marzo de 2019.

“La Pascua nos convoca a la alegría de una vida mejor”.


Estamos iniciando una nueva Cuaresma. ¿Tienen ganas?
¿Es esta la pregunta indicada para una cuestión espiritual que tiene repercusiones concretas en nuestra vida, pero que no están unidas a una propuesta placentera? No, no lo es. Hay muchas cosas en la vida que disfrutamos porque tenemos ganas, como practicar un deporte, salir a comer con amigos, o viajar y conocer un lugar nuevo. Nuestras ganas se convencen rápidamente con ofertas atractivas a nuestra sensibilidad.
Pero la Cuaresma no es una propuesta que nos ofrezca nuevas sensaciones y despierte ganas irrefrenables de vivirla. Es una invitación a un gozo más hondo, con un atractivo mucho más prometedor. Ese gozo tan atrayente no tiene que ver con experiencias provocadas por alguna actividad o evento exterior. Surge de un lugar muy profundo de nuestro interior, allí a donde la Cuaresma nos invita a ir.
Por eso la pregunta más adecuada para invitarlos a disponerse a vivir este tiempo podría ser: ¿necesitás alguna renovación de tu vida que se traduzca en algunos cambios concretos? Cambios en tu modo de relacionarte con vos mismo, con los otros más cercanos y los que no lo son tanto, y también con Dios.
La respuesta a esta cuestión no tiene que brotar de tu racionalidad y de tu formación cristiana que te dicen que en este tiempo “deberías” hacer penitencia, arrepentirte, hacer propósitos de ser mejor cristiano y cumplir con tus obligaciones religiosas con más esmero. La respuesta a si necesitás una renovación interior no puede provenir del exterior, aunque ese exterior esté expresado por mandatos religiosos. Nadie cambia algo en su vida porque se lo digan desde afuera, sino porque se da cuenta en su interior y siente profundamente que necesita un cambio.
La Cuaresma es un llamado de atención que viene de afuera, pero que nos convoca a nuestro adentro. Es una alarma espiritual que nos despierta para recordarnos que en algunas semanas volveremos a celebrar la Pascua. Cristo resucitó y gracias a Él la vida posee un inagotable poder de recrearse que brota de esa fuente vivificante. Todo fue creado en Cristo resucitado. Es por eso que la vida tiene, en sí misma, un impulso de renovación que no se agota. La fuerza de la naturaleza nos lo muestra de muchas maneras. En los seres humanos esto se expresa de modo positivo con el deseo profundo de ser mejores y, en los cristianos, de ser santos. Pero también se manifiesta de manera negativa con la insatisfacción y el descontento por cómo estamos viviendo.
Al indicarnos la proximidad de la Pascua, puede ser que la Cuaresma nos entusiasme a resucitar con Cristo a una vida más santa; o puede ser que nos recoja interiormente para revisar si hay algo en nuestra vida que nos impide estar en paz con nosotros mismos o estar bien con los demás o qué es lo que ha enfriado nuestra fe.
Como ven, la motivación para emprender este camino cuaresmal no vendrá de las ganas, sino del deseo. Lo peor que nos puede pasar como seres humanos y como cristianos es la muerte del deseo. Que no deseemos nada nuevo de nosotros, de los otros, de la vida y de Dios. La Cuaresma es el tiempo para desear una mayor plenitud para nuestra vida porque Dios nos la quiere regalar con la resurrección de su Hijo.
Quiero acompañarlos en este camino que recorreremos para llegar juntos a la fiesta de la Pascua.

Les dejo mi cariño.
Padre Carlos.