Carta de nuestro párroco, P. Carlos Avellaneda, publicada en la revista Bienaventurados del mes de julio de 2020.

Encontrá la revista online de este mes en catedraldesanisidro.org/bienaventurados.

“El padre ha de ser el principal compañero de la apasionante tarea de crecer”.


El pasado mes de junio celebramos el día del padre. Quisiera compartir aquí con ustedes las reflexiones que propuse a los matrimonios de la comunidad al comenzar la Cuaresma y que ahora les dejo a los padres como regalo atrasado, pero afectuoso.
La pareja de padres en la familia comunica la vida a sus hijos, no sólo biológica sino también personalmente. La transmiten a ellos que la reciben como propia, ya que es vida de ellos y no de quienes la recibieron. La reciben no sólo en la concepción y en el nacimiento, sino a lo largo de toda su trayectoria personal, especialmente en sus primeros años.
En este sentido, un padre de familia da vida incesantemente a su hijo ayudándolo a ser él, a ser quien es y quien desea llegar a ser. Dar vida en sentido personal sólo puede hacerlo el que está vivo también en sentido personal. ¿Y quién está vivo en sentido personal? El que está animado por un deseo, un anhelo, una búsqueda, un amor.
La figura simbólica del padre se vincula con ese deseo vital, y es la que lo orienta. La Ley organiza el deseo en el mundo de las personas, no lo reprime ni sofoca. Esta es la función paterna: ser para sus hijos testigo de un deseo en alianza con la Ley. Un padre que impone una Ley diciendo sólo lo que no se puede y no contagia el deseo a sus hijos, el deseo que hace que ellos deseen, es un padre que no vivifica, que no da vida a sus hijos.
Sólo un padre que encarna la pasión del deseo puede transmitirla a sus hijos. ¿Qué significa la pasión del deseo? Dar un testimonio personal y singular del propio deseo, de tal manera que el hijo reciba vida de su padre y no sólo un modelo ético válido para cualquier otro hijo. El testimonio siempre es singularísimo y particular: “¿por qué vivo y por qué quiero vivir?, ¿a qué me entrego?, ¿qué amo?, ¿qué sueño y qué busco?”. El hijo no tiene que querer lo mismo que su padre, desear su mismo deseo. Por el contrario, el deseo del padre debería encender el propio deseo en el hijo (su deseo, no el de su padre). Un deseo unido a la Ley.
Sólo el deseo humanizado por el límite y la aceptación de la carencia, que es propia de nuestra limitación, es capaz de cuidar la vida y no disiparla en la vanidad y el vacío. La maduración del deseo pide renunciar a la totalidad del capricho y morir a la pretensión de lo ilimitado, para poder resucitar como anhelo de una felicidad plena a la que hemos sido llamados ya desde ahora, pero que sólo gozaremos plenamente en el cielo. Los cristianos llamamos a este anhelo: “esperanza”. Los hijos son un proyecto y una esperanza, una síntesis de limitaciones que ellos deben aprender a aceptar y de posibilidades que están llamados a explorar. El padre ha de ser el principal compañero de esta tarea apasionante que es crecer: tener más vida.

Un cariño para todos, especialmente a los padres de la parroquia.

P. Carlos.