Reflexión de Sofía Costa, miembro de nuestra comunidad, responsable de Lantia Traducciones y correctora de la revista, publicada en la Bienaventurados del mes de septiembre de 2020.

30 DE SEPTIEMBRE: DÍA DE SAN JERÓNIMO

“Ignorar la Escritura es ignorar a Cristo”.
“Cuando rezamos , le hablamos a Dios . Cuando leemos la Biblia , Él nos habla”.


Jerónimo de Estridón (347 d. C. – 420 d. C.) era cardenal y secretario del papa Dámaso, además de su traductor personal. Jerónimo era lo que se dice un políglota: sabía hebreo, griego y latín, y además conocía el árabe en sus distintas variantes. En ese entonces, las distintas versiones de la Biblia en latín tenían muchas imperfecciones e imprecisiones. No existían los escritos originales, ni de los profetas ni de los evangelistas; había varias interpretaciones que diferían entre sí, traducciones de traducciones de traducciones. Su gran trabajo no fue necesariamente traducir la totalidad de la Santa Biblia al latín, sino más bien unificar y tomar lo que parecía más adecuado al idioma original (griego y hebreo). En resumen, fue un gran traductor pero además fue un gran conocedor de la Biblia; por eso pudo elegir, entre las diferentes versiones que le iban llegando, cuál era la más adecuada. A su traducción de la Biblia se la llamó “Vulgata” (o traducción hecha para el pueblo o vulgo) que, durante 15 siglos, fue la versión oficial de la Iglesia (en los últimos años se la reemplazó por otras más modernas y exactas, como la Biblia de Jerusalén y El Libro del Pueblo de Dios).

Como traductora del siglo XXI, que no solo no sabe lo que es traducir a mano sino que ni siquiera trabajó con máquina de escribir, y que no entiende cuando un cliente le dice que no tiene el archivo digitalizado, me pregunto cómo habrán sido los días de trabajo de Jerónimo. Pilas de manuscritos, enormes candelabros y plumas por doquier… ¡Y yo que colapso cuando internet se cae durante diez minutos!

Pero no solo pienso en la parte práctica, o en las herramientas con las que contaba, mejor dicho, sino que lo que más me asombra es la dificultad que implica no poder hablar con el autor del texto original para chequear dudas, errores de tipeo, o preguntarle cuál era la idea real a transmitir con su mensaje. Yo suelo tener una gran ida y vuelta de consultas con mi cliente, me pongo de acuerdo respecto de la terminología y estilo elegido, y escucho los cambios que la otra parte sugiere. Y veo en este intercambio algo indispensable para lograr el producto final.

Él no podía hacer nada de todo esto, salvo charlar un poco con Dámaso (quien, desafortunadamente, falleció mucho antes de que Jerónimo terminara el trabajo). No podía hablar con Dios. O sí, pero bueno, ustedes entienden a lo que apunto: a la respuesta inmediata y concreta. No me lo imagino mandándole una paloma mensajera para aclarar que había una coma de más. Los profetas y evangelistas hace tiempo habían muerto. Y tampoco podía consultar sus dudas con el destinatario final, es decir, el pueblo, pues en Roma la gente ya casi no hablaba griego y hebreo.

Para poner un ejemplo práctico: en los textos antiguos no existían los signos de puntuación, no había ni puntos ni comas. Tomemos entonces el caso de Zaqueo. “Él quería ver quién era Jesús, pero no podía a causa de la multitud, porque era de baja estatura” (Lc. 19, 3). Ahora bien, ¿quién era de baja estatura?, ¿Jesús o Zaqueo? Todo depende de la puntuación y la estructura que le demos a la oración. Quizás, en el texto original, el petiso era Jesús. ¿Cómo saberlo?

Por otro lado, son muchos los que nos acusan a los traductores de traicionar el texto original. ¿Quién nunca escuchó la frase “TRADUTTORE, TRADITORE”? Pero, como bien dijo Goethe, “Digan lo que digan de lo inadecuado de una traducción, esta tarea es y siempre será uno de los emprendimientos más complejos y valiosos de los intereses generales del mundo”. Y creo que el gran ejemplo de esto es Jerónimo.

La realidad es que sí, es muy difícil hacer que un texto en otro idioma sea 100 % transparente con su original, y diría que es imposible que el texto meta transmita exactamente lo mismo que transmite el texto fuente. Porque la verdad es que los idiomas son distintos, las culturas son distintas, las personas son distintas y las circunstancias son distintas. En palabras de Arthur Schopenhauer: “Una de las mayores dificultades de la traducción radica en que una palabra en un idioma rara vez tiene un equivalente exacto en otro idioma”. Y, como les digo a mis clientes cuando me piden una traducción urgente: ¿A vos cuánto te llevó escribirlo? Bueno, pensá que yo tengo que leerlo, descifrarlo, entenderlo y transcribirlo.

Sin embargo, si conocemos en profundidad la materia sobre la que nos toca traducir, con gran atención al detalle, mucho compromiso y responsabilidad, y sabiéndonos poner en el lugar del otro, podemos hacer de puente entre dos personas que de otro modo no podrían comunicarse. Pues esa es la labor esencial de un traductor: acercar culturas, acercar personas. Por eso, aunque la traducción de Jerónimo no haya sido perfecta, su intención fue acercarnos más a Dios, tornar su Palabra más accesible para nosotros. ¡Gracias por tanto!

DATO DE COLOR
(que me contó el padre Pedro)

Jerónimo no escribía, sino que tenía secretarios que lo hacían. Como hablaba varios idiomas, tenía un secretario para cada idioma. Y, si alguno se equivocaba, se enojaba tanto que le tiraba con lo primero que tenía a mano.
Se suele decir que los traductores somos muy perfeccionistas y exigentes, y a veces podemos pecar de soberbios, lo admito.
Entonces, ¡qué bueno tener como ejemplo a Jerónimo! Aun con ese “carácter podrido”, fue santo. En definitiva, tener mal carácter a veces es una cruz para uno mismo, y puede ser camino de salvación si luchamos contra ello y nos reconocemos imperfectos.