Reflexión de Felipe Dondo, publicada en la Bienaventurados del mes de noviembre 2020.


  1. La lengua está viva

Es necesario matizar esta frase tan extendida. Los cambios lingüísticos se producen en los niveles superficiales de las lenguas, es decir, en el vocabulario (es por eso que cada año se incorporan nuevas palabras al diccionario y otras caen en desuso). Sin embargo, la morfología es como la médula ósea de las lenguas, y cambia muy lentamente. ¿Por qué? Porque una lengua es un instrumento de comunicación, y para que este sea eficaz es necesario que permanezca estable y conocido por todos. En el caso del castellano, la estructura gramatical se mantiene prácticamente estable desde el siglo XV. La propuesta del lenguaje inclusivo radica justamente en este nivel profundo de la lengua: los artículos, los pronombres y la flexión de género. ¿Saben cuándo se terminaron de fijar estos elementos? Alrededor del siglo XI…

  • Descripción vs. prescripción

Mucha gente piensa que la Academia de la Lengua inventa reglas gramaticales para arruinar la vida de los niños en las escuelas. Lo cierto es que ellos se limitan a describir los usos extendidos del sistema para que todos los usuarios podamos comunicarnos de la manera más clara y eficaz posible. Cuando dicen que una expresión es “incorrecta” es porque el uso es minoritario y, por lo tanto, poco eficaz en términos comunicativos. Cuando permitieron el uso de “imprimido”, por ejemplo, lo hicieron porque su uso se hizo habitual y porque, además, esta es la forma regular del verbo y no genera problemas en el resto del sistema sino todo lo contrario. Por esta misma razón, si en el futuro los académicos de la RAE (y de las otras academias americanas) observan que el uso de la –e como género neutro es utilizado eficazmente por una importante masa de hablantes (y que no genera problemas de concordancia sintáctica), no dudarán en incorporarlo a la gramática como una posibilidad. Todavía estamos lejos de eso, así que el asunto es una incógnita que el tiempo develará.

  • Correspondencia oralidad-escritura

La escritura es una representación del lenguaje oral y no al revés. Es decir que si no hay manera de pronunciar las palabras “todxs” y “tod@s”, esta grafía pierde eficacia y se vuelve poco comunicativa.

  • Economía lingüística

Todas las lenguas (como todas las actividades humanas, en realidad) tienden a minimizar el esfuerzo en pos del mismo resultado. Por eso es habitual que las palabras se acorten en lugar de alargarse (‘cine’ por ‘cinematógrafo’, ‘foto’ por ‘fotografía’, ‘usted’ por ‘vuestra merced’). Por esta razón, la duplicación “todos y todas” es antieconómica, es decir, poco atractiva para la mayoría de los hablantes. Lo que sí es habitual es utilizarla como fórmula de cortesía al comienzo de un enunciado (‘damas y caballeros’, ‘argentinos y argentinas’), pero duplicar todos los artículos, adjetivos, sustantivos y pronombres (que son las palabras que tienen flexión de género en el español) puede provocar dificultades para que el mensaje sea decodificado con rapidez y comodidad.

  • Género gramatical y sexo no son lo mismo

El género gramatical es una categoría morfológica, no biológica. Es por eso que yo puedo decir “soy una persona tranquila” o “Juan fue la primera víctima” o “María y Juan son padres generosos” sin ser incoherentes. En este último caso se aplica el uso genérico del masculino, que está muy asentado en el nivel morfológico de nuestra lengua y nos evita tener que aclarar continuamente si nos referimos a hombres o a mujeres (otra vez, la economía lingüística), puesto que el contexto del enunciado siempre nos da la clave para comprenderlo correctamente. Cuando el contexto no nos da los elementos suficientes para comprenderlo, utilizamos aclaraciones (“todos los alumnos varones aprobaron” en contraposición a “todas las alumnas aprobaron” o “todos los alumnos aprobaron”). Si es necesario hacer esa aclaración (alumnos varones), es porque el género masculino es entendido por todos los hablantes como un género naturalmente inclusivo, es decir que puede referirse a un grupo mixto si no se aclara explícitamente lo contrario.

  • Una premisa problemática

La propuesta de la –e como sufijo de género neutro (“les amigues”) parte de una premisa que no tiene correspondencia con la realidad. Es verdad que muchas palabras de género masculino terminan en –o y muchas femeninas terminan en –a, pero esto no es siempre así (la modelo, la mano, la soprano; el poeta, el artista, el cura). Y lo que es peor, muchas palabras masculinas y femeninas terminan en –e (nene, docente, madre, gente, jefe, cantante, padre). Es decir, el sistema del género en el español es muy complejo y no se corresponde con el sexo sino con la etimología de las palabras, lo cual no tiene relación con la inclusión o exclusión de un grupo determinado de personas. Por otro lado, un cambio en las categorías genéricas repercutiría en muchas clases de palabras (artículos, sustantivos, adjetivos y pronombres), lo cual redundaría en una dificultad muy grande para los hablantes, ya que de pronto deberían aprender a concordar todas esas palabras de una manera completamente diferente a como vienen haciéndolo desde hace prácticamente diez siglos (y si un día lo aprenden, les resultaría muy confusa la comprensión de las obras literarias anteriores a este nuevo sistema hipotético o habría que reescribirlas por completo). Vuelvo al primer punto: las lenguas pueden cambiar rápidamente en su nivel léxico, pero muy lentamente (hablo de siglos) en su estructura morfológica, y nunca (pero nunca jamás) lo hacen por decisión arbitraria de un grupo de individuos, sino por el uso extendido y espontáneo de una gran masa de hablantes. De la misma manera que los académicos no deciden qué está bien y qué está mal, sino que simplemente describen (y explican) lo que funciona y desaconsejan lo que no funciona (y explican por qué no).

  • El caso de lenguas que tienen un sistema genérico diferente al nuestro

Otra premisa del lenguaje inclusivo es que el cambio en la gramática del español redundaría necesariamente en una mayor igualdad entre personas de distinto sexo o identidad sexual en el plano real. Si esto fuera cierto, en Inglaterra no debería haber existido jamás desigualdad entre hombres y mujeres, ya que el inglés solo tiene distinción de género en los pronombres (o sea que podría ser considerada una lengua naturalmente “inclusiva”). Sabemos que no fue así. El farsi (lengua hablada en Irán) y el turco tienen escasísimas marcas de género, así que deberían ser culturas naturalmente igualitarias y sabemos que no lo son. Todavía más: hay sociedades que utilizan el femenino genérico y, aun así, son fuertemente patriarcales (es el caso del idioma zayse hablado por miles de etíopes).

                En resumen: la desigualdad entre hombres y mujeres debe ser trabajada con ahínco en los hechos de la realidad (brecha salarial, vida familiar, mandatos sociales, publicidades y un larguísimo etcétera), no en la gramática.