Reflexión de Mechi Ruiz Luque para la revista Bienaventurados de mayo.

8 de mayo, día de la Virgen de Luján


 

¿Qué tendrá la Virgencita de Luján, que tanta gente acude a ella?

Quizás sean su simpleza y su sencillez. La imagen original mide apenas unos 38 centímetros y está hecha de tierra cocida. Nos recuerda de dónde venimos y nos confirma que solo quien se hace pequeño entre los hermanos, es grande a los ojos de Dios.

Quizás sea su mirada silenciosa, que dice mucho más que cualquier palabra. Nos mira con ternura, sin juzgar ni reprocharnos nada. Solo quiere que nos acerquemos a su Hijo y que nos dejemos abrazar por su amor. Sabe por lo que cada uno está pasando, entiende nuestro corazón y nos consuela con su gesto sereno.

Quizás sean sus manos juntas, que nos enseñan cómo llegar a su Hijo: a través de la oración humilde, paciente y confiada para estar en comunión con Dios, pero también con el hermano y con uno mismo.

Quizás sean su voluntad y determinación, por las cuales se quedó en Luján cuando quisieron llevarla a otro lado. Gracias a ellas, también, volvía siempre al humilde y buen Manuel cada vez que los separaban. Estas situaciones no se debieron a un capricho, sino a la firme certeza de estar haciendo la voluntad de Dios.

Quizás sean los colores de su manto, que nos convocan a caminar como Nación, como un pueblo de hermanos queriendo salir adelante y trabajando por el bien de los demás.

Quizás sean todos estos “quizás”, pero también muchos más. De lo que sí estoy segura, es que siempre nos reúne para caminar con nosotros. No nos deja solos; nos acompaña paso a paso en el peregrinar de la vida.