San Isidro Labrador conquistó mi corazón

Carta de nuestro Párroco, P. Pedro Oeyen, publicada en la revista Bienaventurados del mes de mayo de 2017. 


Queridos amigos:

Volvemos a celebrar la fiesta de nuestro santo patrono, cuya imagen y la de su esposa recorrerán las calles de nuestra ciudad bendiciendo a los vecinos, sus casas y comercios.

Me pareció una buena oportunidad para contarles cómo conquistó mi corazón. En mi infancia me enseñaron a amar e invocar a la Virgen. En sus manos ponía mis intenciones y siempre me sentí escuchado y amparado por ella. En la adolescencia descubrí a Jesús, a quien me había comenzado a acercar desde la Primera Comunión. Su figura masculina, su cercanía y su mensaje llenaron mi universo religioso. Comulgar, rezar ante el sagrario, invocarlo por la noche antes de dormirme… se fueron haciendo no sólo un hábito, sino también una necesidad. En este contexto comencé a percibir el llamado a entregarme por entero a Él para ser sacerdote. Si bien conocía la historia de algunos santos, no sentía la necesidad de invocarlos, aunque me parecían admirables y veía sus imágenes en mi casa o en la iglesia. Eran modelo y ejemplo de virtudes, pero me parecía que no necesitaba de ellos para llegar a Dios.

Al entrar al seminario de nuestra diócesis me enteré de la existencia de San Isidro Labrador y su historia, y vi la devoción de los vecinos que participaban anualmente en las fiestas patronales y en la procesión. Me encantó saber que había vivido sencillamente, que era un simple campesino que se ganaba el pan con el sudor de su frente, que estaba casado y tenía un hijo, que su esposa también era santa, que rezaban juntos y eran generosos. Me parecieron un hermoso modelo para las familias. Al ser ordenado sacerdote predicaba con gusto sobre ellos, pero no ponía en sus manos mis intenciones. Con el paso de los años comencé a sentirme más cercano a algunos santos. Descubrí que rezarles no disminuía mi relación con Jesús y la Virgen. El primero fue San Pedro, cuyo nombre llevo. Cuando fui a Roma y visité su tumba, me puse bajo su protección. Luego sentí la necesidad de confiar mi sacerdocio en manos del Santo Cura de Ars y años más tarde fui en peregrinación hasta su pueblo. El camino espiritual de Santa Teresita del Niño Jesús me cautivó y me movió a ir a Lisieux para rezarle. Así, poco a poco, algunos fueron ocupando un lugar en mi vida espiritual. Pero, aunque fui a Madrid, visité el templo donde se guardan los restos de San Isidro Labrador y de Santa María de la Cabeza y celebré misa allí, con ellos no vivía la misma intimidad.

Pero todo cambió el 15 de mayo de 1994, el día en que asumí como párroco de esta Catedral. Ese día, ante las imágenes centenarias de nuestros patronos y las reliquias de su cuerpo incorrupto, me salió del alma poner la parroquia y mi ministerio bajo su protección. Y desde entonces, hace 23 años, lo he invocado muchas veces y siempre sentí su presencia y protección. No me falló nunca. Me fue enseñando a confiar en él, a quererlo y respetarlo. ¡Ganó mi corazón! Ojalá a ustedes les pase algo semejante.

¡Muy felices fiestas patronales!

Pedro Oeyen