Carta de nuestro Párroco, P. Pedro Oeyen, publicada en la revista Bienaventurados del mes de julio de 2017. 


Queridos amigos:

Cuentan que Napoleón intervenía en todas las cosas de su imperio, desde las grandes decisiones políticas y las estrategias de sus ejércitos hasta el diseño de los uniformes de los soldados. Esto lo llevó a ser admirado y criticado bajo múltiples aspectos.

Cuando se libró la batalla de Waterloo, que marcó el fin de su imperio y un cambio total en el mapa de Europa, los periódicos de la época comentaron esta confrontación histórica. Curiosamente, en la crónica ocupó más espacio la crítica al color de las medias de sus soldados, que había sido recientemente modificado, que la errónea estrategia militar que lo llevó a la derrota.

Hoy en día nadie recuerda cómo eran las dichosas medias, pero cualquiera sabe que después de esa batalla Napoleón perdió el poder y fue confinado hasta su muerte en la solitaria isla de Santa Elena, en medio del Atlántico, a 1.800 km de la costa de África.

Esta anécdota nos ayuda a ver que a veces prestamos más atención a cuestiones secundarias que a las realmente importantes. Recordaba esto últimamente frente a las críticas al papa Francisco.

Desde que comenzó su pontificado, ha ido adquiriendo cada día mayor prestigio y protagonismo internacional por su predicación en favor de la paz, el cuidado del medio ambiente, los refugiados y pobres del mundo. Lo visitan y consultan los líderes de las naciones, incluso los más poderosos. Fue ovacionado en la Asamblea General de las Naciones Unidas y en el Congreso de Estados Unidos. Logró el acercamiento entre ese país y Cuba después de medio siglo de ruptura, intervino en varios conflictos armados procurando caminos de paz, etc.

Acrecentó el diálogo con otras religiones hablando personalmente con los líderes judíos, musulmanes y budistas. Tuvo gestos notables de acercamiento a otras Iglesias cristianas: coptos, ortodoxos, anglicanos, luteranos, etc.

En lo interno es incansable su trabajo contra la pedofilia y la corrupción en las finanzas vaticanas. Simplificó la burocracia eclesial e internacionalizó la conducción nombrando cardenales de naciones que nunca los habían tenido, disminuyendo así la supremacía italiana y europea. Poniendo en práctica las parábolas del hijo pródigo y la oveja perdida, predica siempre la misericordia de Dios; nos impulsa a ir a la periferia, a los que están lejos o no están en la Iglesia; y abrió la puerta de los sacramentos a los divorciados vueltos a casar.

Obviamente en su obrar hay aspectos secundarios, que no están relacionados con su misión magisterial y son opinables, y que pueden agradar a unos y molestar a otros, como las cartas que envió a Milagros Sala y Hebe de Bonafini o las fotos con Cristina Kirchner en la que aparece sonriente, mientras tiene cara de “pepinos en vinagre” con Macri o Trump.

Podríamos preguntarnos por qué se publican estas fotos y no otras, que existen, en las que aparece serio con la primera y sonriente con los otros. Pero claramente se trata de temas irrelevantes en su pontificado y yo me pregunto por qué le damos tanta trascendencia, hasta enojarnos con él, rechazando su persona o su ministerio.

¿No será que también a nosotros nos importa demasiado el color de las medias?

Con un abrazo y hasta pronto,

Pedro Oeyen