Reflexión de P. Gonzalo Rebollo, con motivo de la misión de invierno del grupo de jóvenes San Francisco, publicada en la revista Bienaventurados del mes de julio de 2017. 


Durante las próximas vacaciones de invierno, “San Francisco” (uno de los grupos de misión de la comunidad) irá por segunda vez a Fátima, un pueblo perteneciente al partido de Pilar, diócesis vecina de Zárate-Campana, en la provincia de Buenos Aires. Los grupos de misión en la vida de la Iglesia son manifestación concreta de nuestra fe en un Dios que sale de sí mismo para ir al encuentro del hombre. Expresan la dinámica interna del corazón de Dios que, como nos dice el evangelista Juan, “tanto amó Dios al mundo que envió a su propio Hijo, para que todo el que crea en Él no muera, sino que tenga vida eterna” (Jn. 3, 16).

La misión no es un aspecto opcional dentro de la vida eclesial, sino que hace a su más íntima naturaleza. Si la comunidad de los discípulos y discípulas de Jesús no es misionera, comunicadora de la Buena Noticia de la misericordia de Dios, entonces no responde al proyecto de Jesús que desde los primeros instantes de su ministerio público llamó a los que Él quiso para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar (Mc. 3, 14); que, durante el tiempo en el que recorría la Galilea, los envío de dos en dos para que lo anticiparan en los lugares que Él iba a visitar (Lc. 9, 1-6). El mismo Señor Resucitado confió a sus apóstoles la misión de ir por todo el mundo haciendo discípulos, bautizando y enseñando a guardar su Palabra (Mt. 28, 16-20). Por esta razón, los grupos de misión realizan su tarea siempre en representación de una comunidad que, reunida en nombre de Jesús, los envía.

Para la misión de este año, junto con los coordinadores del grupo, elegimos por lema una frase del evangelio de Lucas: “En tu palabra echaré las redes” (Lc. 5, 5). Es la respuesta confiada que Pedro dirige a Jesús, cuando este lo invita a navegar mar adentro y pescar. Está en el contexto de un típico relato vocacional. Los discípulos habían estado pescando toda la noche, sin obtener resultados. Jesús les sale al encuentro en esa experiencia de frustración, y les propone volver a intentar. Pedro, a pesar de ser el entendido en esos asuntos de la pesca, y con el cansancio y la amargura del fracaso reciente, se anima a confiar en la palabra de Jesús.

El año pasado, “San Francisco” (que con 4 años es aún un grupo muy joven) vivió por primera vez el cambio de destino misionero. Esto fue, y sigue siendo, una ocasión muy honda de aprendizaje, en el que el grupo escucha la Palabra de Jesús para seguir navegando mar adentro y volver a echar las redes. Quizá la situación no es idéntica a la de Pedro y los discípulos, porque el punto de inicio no es el de un fracaso; pero el volver a comenzar una misión en otro lugar, con otras características y necesidades, es un desafío a revisar los modos de compartir la Buena Noticia, para responder más confiadamente a la llamada de Jesús.

¡Recen por nosotros!