Reflexión de Paula Martínez publicada en la revista Bienaventurados del mes de mayo de 2018. 


El hecho de contemplar la Santísima Trinidad brota de la intimidad de nuestro ser, del caminar con estas tres personas a lo largo de nuestra vida. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo vivenciando en mí un solo Dios.

Me puse en silencio frente a esta imagen y conversé con ella desde mi intimidad.
Vivimos en un mundo de diferencias. En la creación, cada día Dios aportó algo nuevo al mundo. El primer día era la diferencia entre el cielo y la tierra. La tierra era algo uniforme y entonces Dios dijo “Que exista la luz”, y la luz existió y separó la luz de las tinieblas.

Todo en nosotros es división, y el soplo de Dios que nos dio vida mantiene la unidad en lo diferente.

La división puede separar y alejar porque cada aspecto tiene su cualidad. Pero también puede sostener algo superior.

Ser diferentes nos aporta que podemos enriquecernos en cada encuentro, en cada momento. Algunas veces nos cuesta aceptar y disfrutar lo diferente.

¿Y por qué toda esta previa si sólo queremos reflexionar sobre la Santísima Trinidad?
Dios mismo nos presenta el misterio de la unidad en tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Al contemplar el ícono de Andrei Rublev sobre la Trinidad, me surgió una sensación de sostén y protección al ver a la figura central acobijada y recibida por las otras dos figuras que se encuentran a su derecha y a su izquierda.

Hay un color común que se hace presente en las tres personas: el color azul, símbolo de Dios verdadero.

En los vínculos humanos de tres personas alguien puede quedar afuera cuando se olvida la trinidad por la que fueron convocados. Pero si logran sentir el clima de unidad alrededor de ellos, es como ese color azul de la imagen que los protege y envuelve para generar la tarea a la que fueron llamados.

La Trinidad es un misterio difícil de entender desde la razón humana.
Darle un lugar a La Santísima Trinidad con palabras escritas imposibilita captar la grandiosidad de este misterio divino.

Cada una de estas personas ha caminado a mi lado a lo largo de mi vida ayudándome a comprender los momentos que se presentaban. Cada una es mi Dios único y verdadero, que me habla en diálogo de Padre, de Hijo y de Espíritu Santo.
Los invito a dialogar en la intimidad de esta contemplación.