Testimonio de algunos jóvenes (y no tan jóvenes) que vivieron la JMJ 2019, publicada en la revista Bienaventurados del mes de marzo de 2019.

La 34 º Jornada Mundial de la Juventud se realizó en Panamá del 22 al 27 de enero de 2019.
Fue la tercera JMJ que tuvo lugar en América Latina, después de Buenos Aires 1987 y Río de Janeiro 2013.
Compartimos con toda la comunidad algunos de los testimonios de quienes participaron de este evento.


Cuando mi hermana volvió de la JMJ2016 en Polonia, escuché sus anécdotas y me invadieron las ganas de vivir esa experiencia.
Las expectativas fueron totalmente superadas. Me sorprendí en todos los sentidos y volví con un corazón inquieto y agradecido, con muchas ganas de compartir toda esa alegría con los demás.
En lo personal, más allá de ver al papa Francisco, fui en busca de Jesús, fui en busca de volver a sentir ese ardor de corazón y esa alegría abundante que sólo vienen de Él y de la experiencia de Su Amor. Y fue gracias a las palabras del Papa, y a todos los jóvenes que fuimos a escucharlo, que encontré lo que buscaba. Durante esos cinco días todo fue motivo de festejo, música y baile. Me impactó ver a tanta gente peregrinando hacia un mismo objetivo.
Pero, si tuviera que elegir un solo momento de la jornada, me quedaría con los momentos de silencio. Es impresionante presenciar cómo una multitud de más de medio millón de personas sabe callar y hacer silencio absoluto. Y ese silencio, ese profundo respeto y admiración, es por y para Jesús. Es increíble lo que Él logra en cada uno de nuestros corazones. Tal es su poder, que movió a jóvenes de todo el mundo a encontrarse en un mismo lugar, a compartir e intercambiar nuestras distintas formas de vivir la Fe y enriquecernos con la diferencia.
Ahora, sólo me queda agradecer. Agradecerle a Panamá por habernos recibido con los brazos abiertos, y al grupo de la comunidad con quienes tuve la suerte de compartir este viaje inolvidable. Pero, sobre todo, agradezco el formar parte de esta Iglesia, de esta gran familia que nos acoge y abraza.
La JMJ fue una experiencia renovadora que recomiendo fervientemente. La jornada me abrió la mente y me impulsó a querer ir por más. Volví motivada a seguir avanzando en este camino que nos propone Jesús como Iglesia, con ganas de gritar a todo pulmón “He aquí la sierva del Señor, hágase en mi según Tu Palabra”.
Trini Vitot (16 años)

¿Cómo poner en palabras lo vivido? ¡Qué difícil!
Desde Ezeiza partió un grupo de jóvenes que apenas se conocían entre sí, y de Panamá volvió un grupo de amigos que no sólo ya se conocían como si fueran amigos de toda la vida, sino que habían formado una de esas amistades en Dios, de esas amistades verdaderas. Esto fue producto de la convivencia entre personas que se encontraron dispuestas a dejarse sorprender y salir al encuentro del otro.
Durante la Jornada, no sólo nos encontramos con nosotros mismos, sino que también nos encontramos con miles de personas que venían a buscar lo mismo que nosotros: sentirse acompañados en la Fe. Fue muy gratificante saber que muchos jóvenes del mundo también se sienten llamados por lo mismo. Es difícil encontrar jóvenes fieles, y ver la marea de gente que movió esta Jornada sin duda nos hizo sentir parte de una comunidad mundial que está más viva que nunca y que nos invita a seguir saliendo al encuentro.
Por otro lado, creo que coincidimos todos en que nos sentimos profundamente orgullosos de poder ser parte de esta comunidad. No sólo de la comunidad mundial, sino también como jóvenes de San Isidro. Creo que ninguna amistad que formamos fue casualidad sino que estaba todo planeado desde antes por Dios. Si hay algo que nos llevamos son las amistades, de esas que perduran. Sabemos que vamos a seguir conectados, no solamente por las redes sociales sino por una red mucho mayor y profunda.
Y para terminar, recordarnos a nosotros, los jóvenes, las palabras del papa Francisco: “Los jóvenes no son el mañana, sino el presente”. ¡Así que no dejemos para mañana el servicio que podemos brindar hoy!
Tomi de Vedia (17 años)

Sorpresas te da la vida, dicen, y así fue que llegó el mensaje del padre Juan Manuel: “¿Me quieren acompañar junto a treinta chicos a la Jornada Mundial en Panamá?¨
Primero, la sorpresa; después, el agradecimiento por la confianza; y, a continuación, el SÍ.
Una aventura revivir, a nuestra edad, momentos increíbles de nuestra propia juventud (entre ellos, la Jornada que se realizó acá en Argentina en el año 1987 junto a Juan Pablo II).
Luego, la reflexión: “¿en qué nos metimos?”. Nos metimos en unos de esos momentos maravillosos de la vida, que se guardan en el corazón para siempre.
Comenzamos en un pueblito en donde fuimos recibidos, con enorme alegría, en la capilla por los chicos del lugar.
Actividades con chicos de Brasil, México, Colombia, Irlanda. Sana convivencia, alegría, música y oración. Río, playa, naturaleza y comunidad. Todo ensamblado por la presencia de Jesús y María.
De ahí, a vivir la Jornada. Otro gran recibimiento en la Parroquia Santa María del Camino. Todos nos querían abrir las puertas de sus corazones y de sus hogares, y así nos ubicaron de dos en dos.
Puertas afuera, nos encontramos con una Iglesia viva, con jóvenes de todo el mundo; cual torre de Babel, se hablaban todas las lenguas pero su significado era único. Las calles desbordaban de grupos con banderas, cantos, rezos; y los panameños no paraban de saludarnos, agradecernos por la presencia. Jesús estaba presente.
Y lo mejor: el papa Francisco entre nosotros. Conectado con los jóvenes venidos de todo el mundo, jóvenes que lo admiran. Era un ida y vuelta alegre y profundo. Emocionante. Un Papa cercano que les pidió a los chicos que sean los “influencers” de Dios…
Puertas adentro, es difícil de describir. Acompañamos a un grupo de chicos maravillosos, alegres, respetuosos, empáticos, profundos. Estamos enormemente agradecidos por haber podido acompañarlos. Nos divertimos y aprendimos mucho con ellos. Son un signo de esperanza.
Dios estaba entre nosotros, en nuestro grupo, y en Panamá entre esa multitud universal de jóvenes.
Solo nos queda decir GRACIAS por invitarnos a esta aventura que rejuveneció nuestro espíritu.
Carola y Germán Bincaz