Reflexión de P. Gonzalo Rebollo, vicario parroquial, que nos deja (por disposición del obispo) para servir en otra parroquia, publicada en la revista Bienaventurados del mes de marzo de 2019.


En un viejo tema del álbum “El amor después del amor”, dice Fito Páez con enorme belleza y sentimiento: “Hay recuerdos que no voy a borrar, personas que no voy a olvidar, aromas que me quiero llevar, silencios que prefiero callar…”. Un poco de todo eso siento hoy en el corazón. No me es fácil irme de la Catedral. Fueron mis primeros cuatro años de cura. Viví muy intensamente, en una comunidad en la que pude descubrir y celebrar la presencia de Dios en muchas personas, grupos y procesos recorridos. Me sentí muy amado por Jesús a lo largo de estos años, a través de todos ustedes.
Recuerdo que los primeros tiempos fueron de un acelere importante. Recién ordenado. Ganas de hacer de todo, en una comunidad que tiene mil actividades. Al principio viví con bastante ansiedad, queriendo responder a todas las responsabilidades y demandas. Con el tiempo fui aprendiendo a poner prioridades. A estar en el momento presente, de la mejor manera posible; a disfrutar de las personas y situaciones con las que Dios me iba invitando a estar, aceptando también con humildad y confianza lo que Dios tenía para regalarme y yo, para ofrecerle.
Siento que todos ustedes y Dios me hicieron crecer mucho. Me siento bendecido. Bendecido por la vida, con sus alegrías y tristezas, celebrada con sencillez en la capilla de la Ribera. Bendecido por los curas con los que viví, trabajé y de los que aprendí mucho durante estos años (el Turco, que es un amigo muy querido con el que vengo caminando desde el seminario; el Cholo, que me recibió con mucha confianza y generosidad para trabajar con los jóvenes; Checo, que se sumó con mucha docilidad y entusiasmo a esta etapa de la comunidad; Pedro, que tiene un corazón enorme y respetuoso para acompañar la vida, compartir toda su experiencia, y que con sus años sigue con el corazón puesto en Jesús y la Iglesia). Bendecido por la fuerza, la alegría y la vitalidad que me transmitieron los y las jóvenes, su frescura para descubrir a Jesús y anunciarlo, en los muchos grupos de la comunidad. Bendecido también en el trabajo junto a los colegios (Labardén, Nightingale y María Auxiliadora), en los que descubrí un compromiso siempre abierto a buscar caminos nuevos para acompañar a tantos jóvenes en el camino de la fe. Bendecido por el testimonio de amor y fidelidad, en las buenas y en las difíciles, de los matrimonios que animan la pastoral pre matrimonial de nuestra comunidad. Bendecido en los caminos recorridos junto a las maestras, familias, voluntarios y voluntarias del jardín maternal. En cada uno de esos chicos y chicas que vienen al jardín hay una presencia muy fuerte de Dios. Bendecido en la fe de tantos hermanos y hermanas que viven con Jesús distintas situaciones de enfermedad. Bendecido por la alegría que significa celebrar nuestra fe, domingo tras domingo en cada misa, y por las pequeñas comunidades que se forman alrededor de esas celebraciones. Bendecido por la confianza de muchos y muchas que se acercan a celebrar la reconciliación, a ser escuchados en sus búsquedas, alegrías y dolores.
Como ya les fui contando a muchos, los sentimientos son encontrados. Cuesta irse. Pero, a la vez, es lindo poder renovar en el corazón la disponibilidad a Jesús y a su Iglesia. Experimentar la confianza de Jesús que, como a Pedro en el final del Evangelio de Juan, me pregunta: “Gonzalo, ¿me querés? Cuidá a mis ovejas, cuidá de los míos, ahora en la parroquia Nuestra Señora del Carmen”. Doy gracias a Dios. Gracias a cada uno y una de ustedes. Les pido que recen por mí en esta nueva misión a la que Jesús me invita. Yo rezo por ustedes.

¡Un abrazo enorme, y a seguir andando!


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