Reflexión de Felipe Dondo, publicada en la revista Bienaventurados del mes de abril de 2019.

2 de abril: Día del Libro Infantil


Hans Christian Andersen cumpliría años el 2 de abril. Se merece un reconocimiento, porque él nos regaló “El patito feo”, “La sirenita”, “El soldadito de plomo” y otras joyitas que nos ayudaron a crecer. Por eso, en esa fecha se celebra el Día Internacional del Libro Infantil y Juvenil.
Me gusta una definición de Graciela Montes, escritora argentina: “Literatura infantil debería ser, en rigor, aquella literatura que puede ser leída también por los niños, y no exclusivamente por los niños”. Esta idea es clave. Si a mí no me conmueve el libro, ¿por qué pensar que a ellos sí? Los chicos no son seres subdesarrollados a quienes les podemos dar cualquier cosa. Son tanto o más exigentes que nosotros. Tenemos que darles lo mejor. Si el libro a mí me parece insulso, por ejemplo, tampoco es para los chicos. No es para nadie. Es tanta la producción editorial infantil actual, que tenemos que estar atentos. Busquemos la calidad literaria, porque lo que se lee en la infancia sienta las bases de todo nuestro camino lector.
Algunas ideas:
No hace falta que el libro le enseñe algo. Prioricemos la historia, el lenguaje, la ilustración, la sorpresa, la creatividad. Está lleno de libros para enseñar a lavarse los dientes y a hacer pipí, pero pocas veces esas historias son de calidad. No instrumentalicemos la literatura. Leer es disfrutar, viajar, romper barreras, cuestionar, identificarse con otros.
Animate a leerlo vos también. A mí me encanta leer libros “para chicos”. A veces me los compro para mí. Busquen y revuelvan. Los mejores libros suelen tener varios niveles de lectura, es decir, distintas capas de sentido que pueden resonar diferente para el lector infantil y también para el adulto.
No es la edad, es el nivel lector. No te guíes por la indicación de la contratapa. Cada chico tiene su propia “edad lectora” según su recorrido.
El verbo leer no tolera el imperativo. Ya lo dijo Borges. No obliguemos a leer “porque hace bien”. Predicá con el ejemplo. Si él ve que vos leés, la pasás bien leyendo y te gusta conversar con otros sobre lo que leés, la curiosidad lo va a llevar a ver qué es eso tan interesante que pasa cuando abrís un libro. Y si pese a todo no le gusta, no pasa nada. A mí no me gusta jugar al fútbol y está todo bien.
En la variedad está el gusto. Buscá libros con distintas temáticas, distintos formatos, distintas estéticas. Para armar un camino lector, hay que tener opciones y probar un poco de cada cosa. Hay de todo, demos de todo.
No tengas miedo. Hay libros cada vez más provocadores. Humor negro, cuestionamiento a lo establecido, parodias, ironía. Cada uno tiene sus propios filtros y me parece muy bien estar atentos, porque a través de los libros para niños se transmiten a veces mensajes francamente venenosos. Pero eso no comprende a todos los libros. Hay risas y miedos que hacen bien.
Volvé siempre a los clásicos. La literatura infantil actual es riquísima, pero la fuente siempre está en los cuentos viejos, que son inagotables. “Los cuentos de hadas superan la realidad; no porque nos digan que los dragones existen, sino porque nos dicen que pueden ser vencidos”, dijo el genial Chesterton.
Cuando damos de leer, lo más importante es el afecto. La hora del cuento a la noche es un lindo momento de encuentro. Incluso puede ser un armisticio, cuando durante el día hubo conflictos y peleas. Es un tiempo de gratuidad e intimidad. El adulto y el chico viajan juntos a un espacio donde no hay fronteras y pasa de todo. Leamos junto con ellos. Aunque ya sepan leer solos, sigamos leyéndoles. La literatura no sería nada sin el afecto. Sobre todo en el caso de la literatura infantil.