Reflexión de Catalina Beccar Varela publicada en la revista Bienaventurados del mes de mayo de 2019.


Todos los sábados a la tarde tengo la oportunidad de ir a ver a uno de mis hermanos más chicos jugar al fútbol. Aunque muchas veces prefiera quedarme estudiando, debo admitir que la experiencia de verlo jugar siempre me deja un gesto resonando en la cabeza.
Uno llega al club, en donde dos guardias serios se aseguran de que todo esté en regla. Una vez adentro, se puede ver a todos los mini futbolistas listos para entrar en calor y jugar. Es como ver un partido por la tele, pero en miniatura. Hay quienes tienen botines nuevos o medias que llaman mucho la atención; hay quienes usan vincha para poder ver mejor la pelota y la cancha. Están los suplentes que esperan muertos de ganas a un costado, el apasionado entrenador y, finalmente, el joven árbitro. Todos los chicos sueñan lo mismo: sueñan con ser grandes y ser algo así como Messi (o como mi adorado Riquelme, ¿por qué no?). Todos esperan serios el primer pitido para que los minutos y sus piernas empiecen a correr. Todo parece muy adulto, muy serio, muy en serio.
Y todo sigue siendo muy adulto hasta que el árbitro toca el silbato. Todos lo miramos, “¿Qué cobrás?”. El árbitro mira al chico en cuestión y le señala los cordones desatados del botín; al ver que el chico no puede solo, se agacha y los ata él mismo. Una vez terminado el nudo, vuelve a tocar el silbato y todo sigue como si nada. Ese pequeñísimo pero enorme gesto me saca siempre una sonrisa en la cara y en el corazón.
¿Será la ternura con la que el árbitro ayuda al jugador? ¿Será que nuestro fútbol de grandes a veces es tan agresivo que esto me conmueve? ¿Será la inocencia con la que el niño admite que todavía no sabe atarse los cordones? No sé qué es, pero es mi momento favorito de todos esos partidos de sábado.
Hace unos días pensaba lo siguiente: ¿seré la única que se acuerda quién me enseñó a atarme los cordones? Y después pienso: ¿por qué será que nunca me olvidé de ese momento? Pienso que probablemente sea porque es una de las primeras cosas que aprendemos a hacer solos. Una de las primeras cosas que nos parecían súper difíciles, pero que aprendimos. Y, una vez que lo aprendimos, nunca jamás lo podríamos olvidar.
Hoy también pienso, más metafóricamente, y me gusta decirlo, que aprender a atarse los cordones es también aprender un poco sobre la vida. Es aprender no sólo a atar sino, más bien, a unir. Es aprender a desenredar con paciencia para luego poder unir con calma.
Ojalá, cada vez que nos atemos los zapatos, podamos pensar en nuestra capacidad de hacer lo mismo con nuestra vida y con la de los demás, recordando que hoy y siempre podemos ser como ese árbitro, que vuelve a tierra a un jugador que sueña con ser de las grandes ligas, para recordarle que es pequeño y que necesita frenar. Pero no es un frenar para siempre, es un frenar para volver a unir. Volver a unir y seguir siempre para adelante.
Por último, quiero dar gracias a aquella persona que un día, hace muchos años, se agachó en frente de mí y me enseñó que no sólo se trata de hacer un lindo moño. Gracias por haberme enseñado, sin querer, que se trata también de frenar, desenredar y volver a unir para poder dar siempre un paso adelante.