Reflexión de Eugenia Herrero publicada en la revista Bienaventurados del mes de agosto de 2019.

“Mi pensamiento siempre fue que los obstáculos en la vida están para algo”.


Mi nombre es Eugenia, y, durante los últimos tres años, atravesé todo tipo de emociones, buenas y malas, algunas más difíciles, otras más llevaderas.
Mi historia comienza con una noticia que no esperaba, tras una consulta ginecológica de rutina y con otro propósito: buscar un embarazo. En ese camino de idas y venidas y estudios por una aparente displasia mamaria, después de seis meses dieron con el maldito diagnóstico: cáncer de mama (que luego fue agravándose).
Al principio y después de dos semanas sin dormir, conocí a los médicos del lugar que hoy es mi segunda casa: el Hospital Alemán. Ahí me contuvieron, me apoyaron, me escucharon, me abrazaron tantas veces, y creo que yo también me dejé abrazar.
Al principio, el diagnóstico fue aterrador. Uno piensa lo peor: la muerte. Lo recuerdo allá atrás como una película que vi, y me cuesta pensar que realmente estuve ahí. Mi tratamiento incluyó, para empezar, preservación de óvulos. Después empecé quimioterapia, que duró cinco meses (una vez por semana).
Recuerdo esa primera sesión como si fuera ayer. Esa sensación de paz que se perpetuaba en el tiempo; después de dos meses de estudios y palabras técnicas, al fin me sentaba en ese sillón tan cómodo y acogedor. Me dieron una mantita para taparme. Las enfermeras eran tan cálidas y cuidadosas. Y empezó el camino.
Ese día empecé a sanar. Estaba tan feliz que no se me borraba la sonrisa. Siempre tuve la convicción de que me tenía que curar, que estaba en las mejores manos y que todo era posible. El cielo era el límite. Mi pensamiento siempre fue, y sigue siendo, que los obstáculos que se nos presentan en la vida están para algo, para aprender, quizá porque no aprendimos lo suficiente en el camino. Por lo tanto, si la vida me enfrentaba a este desafío, había que hacerlo lo mejor posible y dando lo mejor de mí.
De ahí en adelante todo fue alegría. No recuerdo haber estado tan bien antes. Fueron meses largos, pasé todo el invierno yendo a hacer la quimio con mi compañero incondicional, el amor de mi vida. Decidimos apartar nuestras agendas para concentrarnos en lo importante: salvar mi vida. Hicimos todo juntos, no nos despegábamos. En ese camino yo ya había empezado a andar los pasos de la fotografía; pero, con el trabajo y la vida agitada que llevaba, nunca me apartaba el tiempo para darle más lugar.
Tras el diagnóstico, les dije a mis amigas de fotografía que no iba a poder seguir estudiando. A lo que ellas, sin dudarlo, respondieron ‘de ninguna manera, vamos a hacerlo juntas’. Así es que ahí empezamos; tomamos cursos juntas y compartimos cuanta salida fotográfica había… Era un gran contraste. Por un lado, le dedicaba todo el tiempo necesario al tratamiento, a las horas que tenía que dormir, descansar, y a todos los controles y médicos que tenía que ver… Pero había mucho tiempo para sacar fotos, para los mates, para las risas… fueron meses hermosos.
Yo tenía el pelo largo, y no me parecía buena idea que se cayera desde ahí. Por eso, lo primero que hice fue hacerme un lindo corte corto, uno que disfruté durante dos o tres meses. Con la primera quimio se empezó a caer, y para la segunda ya no había cómo disimularlo. Hablé con mi marido y mi hijo y les dije ‘es hora, hay que cortarlo’. Subimos a la terraza y ellos me pelaron. Nos reímos un montón, obvio que había cierta nostalgia o una sensación rara, ya que esa era la prueba evidente de que yo era una persona con cáncer. Pero al mismo tiempo mi pensamiento mutó: la pérdida de pelo es el efecto de la medicación, de la sanación, y por lo tanto es el síntoma de que me estoy curando. De ahí en más, lucí mi pelada con mucho orgullo; me saqué muchas fotos, subía selfies a mi Instagram todo el tiempo con los distintos estados del proceso.
La idea de sacarme tantas fotos surgió de un amigo del trabajo que ya había pasado por un proceso oncológico. Le dije: ‘quiero tratar de ser como vos, que durante tu tratamiento siempre te vi con energía, pilas, y tan positivo’. Él me respondió que no había sido tan así, y me mostró una serie de fotos en momentos no tan felices. Me recomendó que me sacara muchas fotos, hasta en los peores momentos. ‘Son para vos, para cuando sientas que querés largar todo; para que te mires y recuerdes por lo que pasaste. Eso te va a dar energía para seguir’. Para él no todo fue color de rosas, y tampoco para mí.
Luego de la quimio, y ya con una reducción del 98 % en los tumores, me sometí a la mastectomía, un proceso súper invasivo pero el final de una etapa. Abrí los ojos en el quirófano y pregunté si ya lo habían quitado todo y mi cirujana me respondió: ‘Sí, Maru, ya estás sana’. No hay palabras. Esa frase me va a acompañar el resto de mi vida. Recuerdo ese momento y me emociono.
Luego de la recuperación y rehabilitación, que llevó varios meses, empecé con los rayos, un proceso que se hace a diario y que yo pensé que era menor. Pero terminó siendo un espacio en donde escuché muchas historias, en donde escuchaban con atención la mía; compartíamos café y budines. Era un rato en que nos veíamos y esperábamos juntos, y mientras llegaba nuestro turno, todos con camisolín en mano, compartíamos un momento sin pedir nada a cambio. El día en que finalicé el tratamiento, me hicieron tocar una campana que estaba en el mostrador. Uno de los chicos del hospital me dijo: ‘¡Sacudí fuerte, que todos escuchen! ¡Terminaste!’. Me acuerdo de la emoción que me invadió, de los abrazos de todos los que estaban ahí, personas que quizás había visto por primera vez ese día; todos lloramos, recordarlo me llena de alegría el corazón.
Durante este camino y después de notar que mi historia conmovía a otras personas, conocí a Lau, cuyo caso era muy similar al mío. Nos presentó nuestra psicóloga de oncología del Hospital para ver si nos podíamos acompañar en el proceso. La empatía fue maravillosa y hasta el día de hoy compartimos una gran amistad. Empezamos siendo dos, hoy somos cuatro en un grupo que nos une, y en donde nos apoyamos, nos contamos cosas que nos pasan, nos motivamos, porque tenemos algo en común: las cuatro luchamos para estar vivas.
Así también conocí a Ale, la enfermera que asiste a mi cirujana. Y con ella nació la idea de mostrar mis fotos. Ella empezó a identificar a los pacientes que habían transitado sus tratamientos haciendo algún tipo de trabajo artístico, de expresión. Y veía que todos manteníamos una energía muy positiva. Fue entonces que se empezó a gestar ‘Resiliencia’, la muestra que hicimos el pasado mes de mayo en el Hospital Alemán. Una muestra que tuvo fotografías, pintura, voces y música, y, por sobre todo, buena vibra. Todos pacientes oncológicos, algunos todavía en tratamiento. Pero todos con la convicción de que una actitud positiva mueve montañas.
La razón por la que decidí mostrar mis fotografías fue porque creo que, a pesar de la confianza que tengamos en nuestros médicos, el ver a otra persona, el tener empatía, y el que se la tengan a uno, el ver lo que otro logró y cómo lo hizo, es una ayuda enorme para encontrar esa fuerza interior para seguir adelante. No se trata sólo del cáncer, puede ser en cualquier situación de la vida. A veces lo vemos en una peli y lo tomamos como referencia, pero en el fondo pensamos ‘bueno, son actores, es un poco irreal’. Y la verdad es que no, nosotros somos reales, somos personas que atravesamos enfermedades durísimas, personas para las que la palabra cáncer, metástasis y muerte son moneda corriente.
Fue un camino largo, que todavía sigue. Fue difícil, a veces muy duro. A veces quise tirar todo porque no daba más, y volví a esas fotos y me dije ‘mirá, estuviste peor, esto es pan comido’, y así pude seguir. Ese es mi mensaje. Soy una persona común, y quizá mi historia sirva para que otros encuentren su propia fuerza en sí mismos, porque todos tenemos ese poder y fuerza interior, y en mi caso hizo falta que la vida me golpeara un poco para que aprendiera a creer en mí.

“Decidí mostrar mis fotos porque creo que ver que otro lo logró es una ayuda enorme”.