Reflexión de Catalina Beccar Varela publicada en la revista Bienaventurados del mes de abril de 2020.

23 de abril: Día Mundial del Libro


Desde el 1 de febrero de 2008 llevo conmigo una cicatriz en el antebrazo izquierdo. Tres horas de operación y cinco días de internación. Fractura expuesta de cúbito y radio. Tres meses de yeso y muchos más de kinesiología.
No, no me atacó un tiburón; no tuve un accidente de auto, ni rodé escaleras abajo. Fue simplemente tropezar con una silla lo que me dejó una cicatriz en forma de gancho y doce puntos.
Además de quedar marcada para siempre, también en esos días de internación viví un gran antes y después. Porque en aquellos días… me enamoré. ¿De una persona del hospital? ¿De algún enfermero? No, me enamoré de un libro. Y fue así como empezó la historia de amor que hoy todavía me quema ardientemente.
Si tuviera que hablar de una de las sensaciones más lindas de la vida, hablaría de esa que siento cuando entro a una librería a mirar repisa por repisa, lomo a lomo, cada regalo que algún autor supo darle al mundo. Entrar en una librería para mí es mágico, es conectarse con historias, tiempos y prosas que se entremezclan en cada estante. Es conectarse con Borges y Freud al mismo tiempo, con Allende y Umberto Eco. Es caminar entre los nuevos autores y Sarmiento; es respirar la vida de Cortázar y de María Elena Walsh.
Hoy me paro frente a un libro y la curiosidad me traspasa. Ni hablar de aquellos libros que enseñan, esos que tanto dinero cuestan pero que en el fondo cada una de sus páginas vale un millón. Porque son libros que en sus líneas nos explican de derecho, pedagogía, filosofía, anatomía y centenares de cosas más. Hoy me paro frente a mis libros de la facultad, subrayados, escritos, llenos de anotaciones, y me encuentro a mí misma despierta, viva. Porque cuando leo, aprendo, me nutro, entiendo y descubro.
Cuando leo siento que vuelo, que puedo ser otra persona. Me siento yo y a la vez otro. Un libro me enamora, porque me deja ser yo misma y me regala la satisfacción de viajar. Porque no me cabe la menor duda de que leer no sólo nos da herramientas, leer nos hace realmente libres.
Es por eso que entonces, cada vez que miro mi brazo, me encuentro con que la cicatriz es además huella, huella que me lleva a ese día en el que, con doce años, el dolor estremeció todo mi cuerpo y los libros se robaron mi corazón.