Carta de nuestro párroco, P. Carlos Avellaneda, publicada en la revista Bienaventurados del mes de junio de 2020.

“Crecer en intimidad y cercanía”.


El 20 de marzo pasado fue decretada la cuarentena de aislamiento social en nuestro país. En estos meses hemos hecho una experiencia que nunca antes nos tocó vivir. El encierro, con todos los matices que cada familia, grupo social o sector profesional acataron, viene haciendo sentir sus efectos.
En no pocos casos, la prolongada reclusión provocó en las personas insomnio, depresión, irritación y agresividad. En otros casos, la cuarentena está despertando sentimientos de afinidad y solidaridad con los enfermos, los ancianos y los pobres sin alimento, vestido o vivienda. También la relación entre los amigos se vio modificada. Gracias a las plataformas digitales de conexión, muchos cambiaron las conversaciones de ocasión por charlas más íntimas, compartiendo sus sentimientos y emociones. También nos reencontramos con amigos, familiares y conocidos con quienes hacía mucho tiempo no charlábamos.
La reciente fiesta de Pentecostés, en la que celebramos la incesante efusión del Espíritu, nos ayuda a comprender cómo vivir nuestras relaciones de cercanía. Estas pueden provocar saturación y agobio, pero también pueden ser una ocasión de crecer en intimidad.
El libro de los Hechos de los Apóstoles nos dice que, después de la resurrección de Jesús, ellos estaban “íntimamente unidos y se dedicaban a la oración, en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos” (1, 14). “Íntimamente unidos” es una expresión de un estado de ánimo muy diferente al que se vivía el primer día de la semana, cuando estaban encerrados en un lugar “por temor a los judíos” (Juan 20, 19). En esa ocasión, podríamos decir que los discípulos se encontraban forzadamente juntos. La amenaza ahora se volcaba sobre ellos y temían correr la misma suerte que el Maestro.
¿Qué fue lo que cambió el estado emocional de estos hombres? Sin duda, el encuentro con Jesús resucitado. La posibilidad de ser perseguidos todavía era real y los mantenía juntos, pero ahora la vida había triunfado y el Señor les prometió ser vivificados por su Espíritu. Por eso “al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar… y todos quedaron llenos del Espíritu Santo” (Hch. 2, 1-4).
Hoy somos nosotros los que recibimos el Espíritu vivificador; y, si bien en la zona del AMBA seguimos limitados por la cuarentena, podemos vivir este encierro forzados por las restricciones impuestas o bien decidir crecer en una comunicación más paciente y sincera con nuestros allegados. No está en nosotros modificar la restricción, pero podemos cambiar la actitud con la que la vivamos, aprovechando el encierro para crecer en intimidad y cercanía, superando la conflictividad del estar juntos por la fuerza.
Quiero aprovechar estas líneas para agradecer a todos los laicos y laicas que están colaborando en la administración económica de la parroquia, la organización de la liturgia de cada domingo y la asistencia a las familias más humildes del Jardín Maternal. Gracias también a todos los fieles que se unen a nosotros, los curas, en la celebración de cada misa y nos hacen llegar su aliento y gratitud.

Les dejo un cariñoso saludo y mi bendición.
P. Carlos.