Reflexión de Felipe Dondo, con motivo del Día del Medio Ambiente, publicada en la revista Bienaventurados del mes de junio de 2017. 


 

El Día Mundial del Medio Ambiente puede ser una buena oportunidad para abrir nuestros sentidos y tratar de escuchar lo que la Creación quiere decirnos.

Es muy común escuchar la frase: “Yo fumo marihuana para expandir mi conciencia”. Yo no fumo; pero, en cambio, siempre que puedo, consumo Naturaleza. Sol, árboles, tierra, viento… me expanden la conciencia y la percepción. Mi cuerpo se va acostumbrando a esta sustancia que, para colmo, es gratis, legal y está siempre al alcance de la mano. A medida que mi organismo se acostumbra, me pide más y más viento, tierra, árbol, sol. Sí, soy un adicto.

Pero no pasa nada, porque la Naturaleza nunca le hizo mal a nadie, al menos en su aspecto contemplativo. Y, sin embargo, pasan los años y no dejo de asombrarme con la luna, los pájaros y todo lo demás. Lo sorprendente, encima, es que la Naturaleza es cíclica: siempre se repite. El otoño, la primavera, el día, la noche. Todo vuelve una y otra vez, y vaya a saber por qué nosotros, pobres personitas de barro, no nos cansamos de contemplar y gustar la misma historia. Tal vez nos da esperanza ver que siempre vuelve a salir el sol.

Mucho se dice sobre ella. Todos los pintores y poetas, desde que el mundo es mundo, trataron de imitarla con colores y palabras. Pero hay una cosa que siempre gira en torno de la Naturaleza: la sensación de que nos está diciendo algo. Basta, como ejemplo, uno entre miles: Borges. “Hay una hora de la tarde en que la llanura está por decir algo; nunca lo dice o tal vez lo dice infinitamente y no lo entendemos; o lo entendemos pero es intraducible como una música” (“El fin”, 1944).

Siempre lo tenemos en la punta de la lengua, pero su mensaje se nos escapa. Igual que, muchas veces, la Palabra de Dios en las Sagradas Escrituras. Y es que la Creación es como un libro abierto también, y así lo vieron nuestros hermanos del pueblo hebreo, luego los primeros cristianos y toda la Tradición hasta nuestros días.

San Gregorio de Nisa (siglo IV), por ejemplo, decía que el Universo es como una cítara tañida por el Creador: “David escuchaba la música del cielo y de los astros, música ritmada de movimiento y reposo. El mundo entero es música, cuyo compositor e intérprete es Dios”. No tenemos más que abrir nuestros oídos y escuchar…

Por eso, cuando me preguntan “¿Fumás?”, prefiero contestar “Sí, Naturaleza”. Abrir los oídos y los ojos. De hecho, eso es lo que el mismo Jesús nos propuso una vez: “¡Miren los lirios del campo!” (Lc. 12, 27). Y, viendo el exquisito esmero con que Dios tejió esos pétalos, la Buena Noticia se oye clarita. ¿O no?