Reflexión de Inés Lagos publicada en la revista Bienaventurados del mes de septiembre de 2017. 

30 de septiembre: San Jerónimo de Estridón


Cada idioma es un mundo, una cosmovisión con sensibilidades y valores propios. Traducir es, cuando mínimo, una tarea difícil, porque cada cultura experimenta el mundo y lo comunica de una manera original. Curiosamente, las traducciones han salvado a incontables textos del olvido.

La vida de san Jerónimo, patrono de los Traductores y de quienes se dedican a estudiar las Sagradas Escrituras, es tan paradójica como la de aquellos que comparten su profesión. Fue filólogo y traductor. También fue buen pedagogo y director espiritual de muchas almas. Fundó monasterios y pasó los últimos 35 años de su vida en una gruta junto a Belén.

Pero Jerónimo no fue grande por todo esto sino, en primer lugar, porque fue santo. Es grato ver santos representados con aureola, pero ¡qué largo es el camino para llegar a esa meta! El propio Jerónimo ha dejado testimonio acerca de lo difícil que fue la lucha para él: tenía un pésimo carácter, era orgulloso y padecía su propia sensualidad.

Con todo, nuestro santo ha llegado a ser uno de los Padres de la Iglesia más importantes en el mundo latino, y la traducción que él hizo de la Biblia (llamada Vulgata, es decir, “para el pueblo”) fue la versión oficial de la Iglesia… durante 15 siglos.

Se cuenta que una Nochebuena, cuando los fieles ya se habían retirado de la gruta de la Natividad, el Niño Jesús le habló en estos términos: “Jerónimo, ¿qué me vas a regalar para mi cumpleaños?”. El anciano le ofreció sus largos ayunos, sus muchas penitencias y las interminables horas estudiando las Sagradas Escrituras. “¿Qué otra cosa me vas a dar?”, insistió Jesús. Pobreza, vigilias en oración, enfermedad y un largo etcétera, fue la respuesta esta vez. Pero el Niño Dios insistía: “¿qué más?” Finalmente,desesperado y con lágrimas en los ojos, Jerónimo le dijo que no tenía nada más para ofrecerle. “Dame tus pecados”, dijo entonces Jesús, “para que los pueda perdonar”. “¡Loco de amor tienes que estar para pedir eso!”, exclamó el hombre.

Él también estaba loco de amor. Por eso es santo y Padre de la Iglesia.

Su vida, especialmente su devoción a la Biblia, es un ejemplo para los cristianos. Como él mismo decía: amar las Sagradas Escrituras es amar a Cristo.