Reflexión de Inés Lagos publicada en la revista Bienaventurados del mes de octubre de 2017. 


Hoy en día sobran las publicidades que ofrecen tratamientos para tener un pelo brillante y sedoso, cremas anti-arrugas (envejecer debe de ser un crimen), maquillaje (otro mundo), ropa de todos los diseños posibles, e infinidad de accesorios más. Todo esto, se supone, nos va a hacer felices, perfectas, deseables… Seremos el prototipo de ‘mujer ideal’ que debe tener cuerpo con curvas de montaña y ser una gerente exitosa, una madre omnipresente y una amante apasionada. Un cóctel imposible.

Ahora me pregunto, ¿y la Iglesia? ¿Qué imagen de mujer ofrece? Para responder a esta pregunta, conviene mirar las modelos que ella propone: las santas. Hoy quiero presentar a cuatro de ellas.

La primera es Hildegarda de Bingen, mística, monja, filósofa, médica –y un largo etc.– del siglo XI. A lo largo de su vida, dirigió monasterios, educó al pueblo, compuso música y escribió acerca de sus visiones. Por si fuera poco, recibía consultas de los hombres (sí, hombres) más notables de su época y no dudó, cuando lo juzgó conveniente, en corregir a papas y reyes.

Nuestra segunda modelo es Edith Stein, una judía conversa y mártir en Auschwitz. Esta mujer, una de las filósofas más destacadas del siglo XX, debió recorrer un largo camino hasta encontrarse con otra grande, Teresa de Ávila, gracias a una de cuyas obras, se convirtió. Era ya carmelita cuando la arrestó la Gestapo y, sin vacilar, declaró que iba al campo de concentración a “morir por Cristo”.

Finalmente, Gianna Beretta Molla y Chiara Corbella1 son dos italianas del siglo XX. Ambas estaban casadas y, estando embarazadas, fueron diagnosticadas con cáncer. El aborto no fue una opción, los tratamientos médicos, tampoco; prefirieron demorar su propia cura para salvar a sus hijos y terminaron no sólo dándoles la vida, sino ofreciéndoles su propia muerte.

Como éstas hay muchas más. Mujeres que aman con todo el corazón; mujeres fuertes, con convicciones y que pelean por lo que creen.

Pero necesitamos sumar más voluntades, porque tenemos una misión muy especial: ser el corazón del mundo, de este mundo tan necesitado de equilibro y armonía. Pongamos nuestra cuota de ternura y nobleza para, que allí donde haya una mujer, se respire una atmósfera de paraíso.


Título: “La que trae armonía al mundo”. Cfr.: Homilía del papa Francisco del 9 de febrero de 2017.
1A diferencia de Gianna Beretta Molla, Chiara Corbella aún no ha sido canonizada, pero murió en fama de santidad y quienes la conocieron no dudan en llamarla ‘Beata Chiara’.