Carta del párroco, P. Carlos Avellaneda, publicada en la revista Bienaventurados del mes de abril de 2018. 

Queridos amigos:

Este año celebramos la Pascua del Señor juntos por primera vez. Es un buen modo de comenzar nuestra relación: la comunidad con su nuevo pastor, los nuevos amigos en Cristo, los testigos del Resucitado.

La Pascua es el acontecimiento fundante de nuestra fe y de toda nuestra vida cristiana. Año tras año, la celebramos para que, una y otra vez, la fuerza del Resucitado penetre nuestra alma, la vivifique y recree.

La Pascua es lo verdaderamente nuevo. Superando cualquier forma de renovación o modernización, la Pascua es lo absolutamente “nuevo” porque es la victoria sobre la muerte. No hay novedad mayor. Es un triunfo ya cumplido en Cristo, que se sigue cumpliendo en la historia, en la sociedad, en la Iglesia y en cada uno de nosotros. Todos sentimos que nuestra vida muchas veces se desgasta. Experimentamos el peso de trabajar, luchar por la familia; afrontar problemas económicos, de salud, de relación. Por momentos, sentimos que la muerte “se traga” la vida. Entonces, sin darnos cuenta, nuestro ánimo se apoca y entristece. Abundamos en comentarios pesimistas, críticos y resignados. Nuestra esperanza y vitalidad decaen, y así nuestra fe termina siendo un consuelo para fracasados. Nos convertimos en cristianos tristes que sólo van a llorar a la iglesia. La Pascua es un gran triunfo, el más grande de todos, porque vence todas nuestras muertes. Pero no es un triunfo exitista como el de los héroes superpoderosos de las películas. La Pascua vence a la muerte solo aceptándola y asumiéndola como parte esencial de la vida. No podemos renegar de las limitaciones y dolores de la vida, pero no tenemos que dejarnos atrapar por ellos. La Pascua nos llama a asumir con humildad las adversidades de la vida, atravesarlas y superarlas, y así crecer y madurar.

La Pascua nos llama a aceptar nuestros problemas, dolores y frustraciones, reconociéndonos humanos y limitados. Se trata de “transitar” nuestras penurias, no de “evadirlas”, aunque sin dejarnos derrumbar por ellas. La fuerza de la resurrección tiene que ponernos de pie con el gozo sereno de haber integrado la muerte a nuestra vida. El Resucitado es el crucificado. Su muerte fue una dolorosa y libre entrega de amor. También nosotros necesitamos asumir nuestras penas con más libertad, dándoles un sentido amoroso. Vivirlas no apretando los dientes solamente, sino con la fuerte mansedumbre de quienes amamos nuestra vida y la de nuestros seres queridos. Es por amor a la vida que nos reconciliamos con la muerte.

No se trata de una tarea puramente psicológica, es un proceso espiritual. Dura toda la vida y es Dios y su gracia quien, a través de las experiencias cotidianas, nos va “pascualizando”, es decir, haciéndonos más cristianos mientras crecemos en humanidad.

De corazón, les deseo una feliz Pascua de Resurrección.

Padre Carlos