Reflexión de Felipe Dondo, publicada en la revista Bienaventurados del mes de agosto de 2018. 

14 de agosto: San Maximiliano Kolbe


Así lo llamaban al padre Maximiliano Kolbe, franciscano nacido en Polonia en 1894. Desde chico tuvo una devoción enorme por la Virgen María. Una vez ella se le apareció y le dio a elegir entre dos coronas: una blanca y una roja. Él eligió las dos. La blanca era la de la pureza. La roja, la del martirio.

Su vida fue un testimonio inmenso, pero no nos entra en esta página. Sólo propongo, de pasada, que deberíamos declararlo patrono de nuestra revista, porque él eligió este medio para evangelizar el mundo: su publicación mensual Caballero de la Inmaculada llegó a Japón, India, China y Arabia, entre otros lugares. Y sigue publicándose. “No escriban nada que no pudiera firmar la Virgen María”, les decía a sus hermanos franciscanos. Así, entre muchas otras cosas, se ganó su corona blanca.

¿Y la roja? Francisco Gajowniczek, soldado polaco nacido en 1901, nos lo cuenta en esta carta impresionante que le escribió al padre Mario Koessler (sacerdote de nuestra diócesis) el 21 de febrero de 1991:

Conocí a San Maximiliano Kolbe en el campo de concentración de Oswiecim, en el bloque Nro. 14. San Maximiliano era un buen sacerdote: rezaba, confesaba a los presos y administraba la absolución. La oración con él tenía la virtud de darnos a los presos la fuerza necesaria para sobrevivir por un día más.

Cuando San Maximiliano recibía su pequeña ración de pan, lo rompía y repartía entre los presos, aunque él también tenía hambre.

A fines de julio o principios de agosto de 1941, se fugó un prisionero alojado en el mismo bloque en donde estábamos San Maximiliano y yo. Como represalia, 10 prisioneros del bloque fueron condenados a morir de hambre. Llegó al bloque el jefe del campo de concentración, Fritsch Karl de la S.S., pasó a lo largo de la fila en la que estábamos con San Maximiliano, se detuvo delante de mí y me señaló con la mano. Cuando me llevaban, en voz alta me lamenté de dejar huérfanos a mis hijos y esposa, pero ya me habían puesto en la fila de los 10 condenados. Entonces, salió de la formación San Maximiliano y se paró delante del jefe del campo de concentración. Este preguntó:

-¿Qué quieres, cerdo polaco?
-Quiero ir a la muerte en lugar de uno de los condenados; él tiene familia.
Nuevamente el jefe le preguntó:
-¿Quién eres tú?
Respondió San Maximiliano:
-Soy sacerdote católico.

Cuando seguidamente el jefe le preguntó a quién quería reemplazar, me señaló con la mano. Mientras lo llevaban, se detuvo delante de mí. No le pude hablar, pues eso implicaba peligro de muerte en el acto. Pero noté una expresión de satisfacción en el rostro de San Maximiliano Kolbe. […]

Los condenados fueron conducidos al bloque Nro. 11, destinado para los castigados con pena de muerte, en donde fueron desnudados y echados en una celda, sin comer ni beber. Allí iban muriendo de hambre y frío. El 14 de agosto, día anterior a la festividad de la Virgen, entró a la celda un guardia de la S.S. y terminó con la vida de San Maximiliano Kolbe. El cuerpo fue llevado al crematorio, y el humo elevó las cenizas de San Maximiliano, que volaron hacia todos los confines del mundo.